Era 1988. La
profe de Literatura nos distribuyó varias obras de teatro de la literatura
colombiana, que debíamos representar ante el salón para obtener la nota final
del período. A mi grupo le correspondió Toque de queda, de Luis
Enrique Osorio. Se trata de una obra corta que transcurre en una estación de policía
unas noches después de los hechos del 9 de abril de 1948. Yo hacía el personaje
del Cabo, pero no tenía disfraz. Por eso, mi amiga Claudita ofreció prestarme un
uniforme de su papá, quien era un respetable Coronel retirado de las Fuerzas
Armadas.
Después de muchos
ensayos, llegó el esperado día de la presentación. Claudita desempacó con sumo
cuidado el uniforme verde oliva de su señor padre y me lo entregó con gesto pomposo.
Ese uniforme era una oda al patriotismo: brotaba un olor a honores a
la bandera, a bendición de armas por parte del arzobispo en acto solemne en la
Plaza de Bolívar… mejor dicho: super elegante y sobrio, tal como el caballero
que lo había portado en su juventud.
Concentrada, en
silencio, repasando en mi cabeza las líneas de mi personaje; tomé el paquete en
mis manos con la cabeza baja cual guerrero que recibe la bendición de su amada
antes de partir al combate. Me encaminé hacia el baño del colegio, que hacía de
improvisado camerino para nuestra obra de teatro y me puse el sagrado uniforme.
Como su servidora siempre ha sido un Minion (mi estatura de adulta es 1,47m), me
sobraba medio metro de pantalón en las piernas y 20 cm de circunferencia que no
se solventaban ni siquiera apretando el cinturón en el último huequito. La
chaqueta no era menos desconsoladora: sobraban 40 cm en las mangas mientras que
los bolsillos me llegaban a las rodillas. Obviamente no había tiempo de refaccionar
las prendas (tampoco había quién lo hiciera) y ni pensar en cortarlas porque yo
debía devolver el uniforme en las mismas condiciones en las que me lo
prestaron.
Yo tendría unos 12
ó 13 años, pero ya bullía en mi alma el amor por el arte dramático; así que
mentalmente coloqué el dorso de la mano en mi frente, miré al cielo y exclamé
cual Sarah Bernhardt: “Show must go on!” …Bueno, en realidad, lo que debí
pensar fue algo como “qué hijueputas, yo necesito pasar la materia” y seguí adelante
con mi caracterización.
Mientras me
recogía la melena simulando un corte militar, fui entrando en personaje para
salir del baño: espalda recta, hombros hacia atrás, mirada al frente, ceño
fruncido y paso de vencedores. Sin embargo, el compás de mi marcha triunfal hacia
el salón se vino al traste cuando me caí porque me enredé con las botas
remangadas del pantalón. Un poquito magullada, me ubiqué en mi lugar a la
espera de que se abriera el telón.
Mi personaje, el
Cabo, era el encargado de traer uno a uno ante el Juez a los personajes que
transgredían la medida del toque de queda. Por lo tanto, yo debía dar unos
cuantos pasos de un extremo a otro, durante los cuales la ropa se me
desacomodaba. Así que en esas breves caminatas (unas 6 ó 7 de ida y vuelta) yo
parecía Chaplin mientras me sostenía el pantalón en la cintura con una mano, bregaba a no tropezar con
mis propios pies y acomodaba la gorra debajo de la cual mi frondoso
cabello amenazaba escapar.
No pasaron ni siquiera 5 minutos de la representación y, en vez de aprender sobre un hecho
histórico de nuestro país, todo mi curso estallaba en risas por causa de la
involuntaria sesión de clown que brindó el "Cabo Jordán".
Sobra decir que
nos ganamos la mejor nota. La Profe Aura Lucía se carcajeó ese día más de lo
que había reído en todo el año escolar. A mí se me desarrolló una fobia a lo
militar que llegó a su clímax unos 10 años después, como estudiante de
universidad pública... pero sobre eso les cuento otro día.