Muchas veces quisiera
-cuando me miro al espejo-
ser una de esas mujeres
a quienes les cuelgan las ropas.
Pero no de esas mujeres de pasarela, no.
Una de esas europeas
que en vez de nalgas tienen un cajón
y, en vez de tetas, el pecho plano de un muchacho.
Que se levantan después del sexo,
se cuelgan un short
y una camiseta sin mangas
y quedan divinas.
Así, sucias,
con pelo en las axilas,
con los pezones largos,
con el pelo revuelto
pero
con una sonrisa de 64 dientes
y el cuello de un metro de largo.
Todo se les perdona.
