Hay un relato de Anaïs Nin, “La Reina”, en el que
describe a Bijou “La reina de las prostitutas”. En una de sus escenas, Bijou va
al Baile de Los Artistas sin más vestimentas que los paisajes de selva africana
que un pintor ha dibujado sobre su cuerpo. Antes de que este termine, ella le ha
prometido que le permitirá ser el primero en tocarla cuando la pintura se seque
(para no estropear las imágenes logradas sobre sus curvas). Sin embargo, cuando
el pintor por fin la alcanza en el baile, se da cuenta de que toda la pintura
se ha corrido, mezclado, manchado, delatando que ella no ha cumplido su
promesa. Imagino el ambiente de la escena intermedia: Bijou siendo rozada por
manos, bocas, pieles, cuerpos en medio de una algarabía de tambores. Gozando
del contacto anónimo que brinda una mascarada. Siendo penetrada hasta el alma por
el ritmo frenético de la música de carnaval, incapaz de rechazar el baile y la
embriaguez.
Esa escena, para mí, resume el espíritu de los años que
vendrán en la post-pandemia: una humanidad que tratará por todos los medios de
recuperar la alegría, de volcarse hacia el lado gocetas de la vida después de
haber soportado encierro, silencio, ciudades como cementerios, luto cercano en
las familias. Quiero estar allí. Quiero ser Anaïs y extasiarme mirando el baile
de Bijou mientras envidio su lasitud, su
entrega displicente a cualquier hombre o mujer que la desea. Quiero gozar de caricias
anónimas, quiero besar labios sin rostro y sentir el vértigo de una danza
infinita.

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