Yo no pude empezar de nuevo. Me siento sola. Sola porque, a pesar de que alguien dice amarme, ya no hay magia cuando conversamos. Se ha convertido en un soso esposo a distancia cuya charla se limita a no contarme nada, a hacer preguntas como de entrevista para aprender idiomas (¿Cómo estás? ¿Qué tal tu día?), sin ninguna emoción, sin coqueteo, sin nada.
Pensando en mi sensualidad perdida… sí es cierto que el aislamiento
impuesto por la pandemia me dejó sin contacto humano, pero también pienso que siempre
he asumido mi cuerpo como el menos deseado de todos los cuerpos femeninos. En
ese orden de ideas, las erecciones masculinas serían como “la puntuación” que
gana cada mujer según sea más o menos deseable. Las que he obtenido serían
premios de consolación que iban a ser otorgados a otras competidoras que no las
recibieron y, ante la urgencia de los jueces por entregarlas, me las habrían
dado a mí. Ahora, al estar completamente fuera de competencia, nadie considera
darme o dedicarme una ni siquiera por error. Me siento sola. Siento que yo
debería merecer erecciones, sonrisas, cuidados, amor y nadie quiere brindármelos.
Siento que soy indigna de tener un amor bonito, una persona linda que sienta alegría
al verme, que sienta que yo hago su vida un poco mejor.
Se me olvidó cómo se siente vivir enamorada. Se me olvidó cómo
es sentir que una persona te desea, te quiere ver feliz, cómo se siente que
otro desee verte y quiera compartir su vida contigo. A mi edad eso es imposible
de obtener.

No hay comentarios:
Publicar un comentario